SUEÑO DE UNA TARDE ESTIVAL
8 05 2008Había conseguido las mejores calificaciones de toda mi vida académica; en aquel momento no sabia porque o no entendía el motivo de que mi felicidad, mas bien fuese una infelicidad oculta por un velo de amargura; sentía como si me faltase algo, entonces lo recordé, recordé lo que había ocurrido hacia ya tres años. En ese instante sentí como resbalaban lágrimas por mi rostro, unas lágrimas llenas de amargura y dolor.
El hecho de que hubiese concluido mi segundo año como estudiante de medicina era como un sueño hecho realidad, aunque se estuviese convirtiendo en una pesadilla. Desde que era muy pequeño me había mostrado interesado por el funcionamiento del cuerpo humano; pero fue solo hace cinco años cuando tomé la férrea determinación de estudiar medicina, había decidido que quería ser oncólogo. Por aquel entonces mi padre estaba viviendo los agónicos y desesperantes últimos momentos de su vida, mi padre padecía cáncer cerebral. La impotencia de ver a mi padre sufriendo y que yo no pudiese hacer nada para remediarlo, me obligo a hacerme el juramento de que algún día ayudaría al las personas que como mi padre, sufriesen a causa de esta monstruosa enfermedad.
La persona que mas me había ayudado a superar aquella trágica perdida fue Laura. La conocía desde que éramos muy pequeños, pero nunca habíamos cruzado ni una sola palabra, hasta que coincidimos en la misma aula que en primero de BAC. A pesar de que nos sentábamos juntos no hablábamos demasiado, la razón de este hecho era que ella era la chica de un tipo duro, de esos a los que si les miras de te matan y yo no quería tener ningún problema con el ni con ninguno de los integrantes de su pandilla. Bueno, en fin, en cualquier caso ella y yo no hablábamos demasiado. Todo esto cambió cuando, en una tarde de esas de diciembre en las que todo el mundo esta muy nervioso por aquello de los últimos exámenes del trimestre, llegó Laura junto a mi y me dijo:
-Ángel, por favor, ayúdame, no se a quien mas puedo acudir…-por su cara resbalaban lagrimas, parecía muy nerviosa, incluso llegué a pensar que podría tener un ataque de ansiedad.
-Tranquila Laura. ¿Qué te ha ocurrido?¿Por qué estás llorando-le pregunté yo en tono tranquilizador, aunque no aunque no parecía ser muy efectivo.
Estuvo en silencio más de un minuto, aunque a mí me pareció una eternidad. Ella no parecía estar muy segura de querer confiar en mí, incluso se descubría un poco arrepentida de haberme pedido ayuda. Como yo estaba ya algo tenso por el prolongado silencio, decidí romperlo:
-Si no me cuentas lo qué ha ocurrido, no podré ayudarte y, además, ¿estas segura de que soy la persona idónea para contármelo?.
Ella parecía haberse calmado un poco, se secó las lágrimas y entonces dijo:
-Creo que ha sido un error, tú pareces un buen chico y contarte mi problema implicaría meterte en un lío.
Acto seguido, se levantó y salió del aula sin mirar atrás. Estaba desconcertado ante lo que me acababa de ocurrir, pero algo me decía que aquella chica estaba en apuros y que necesitaba ayuda. Me levanté de la silla, fui corriendo tras ella y, después de algunos minutos de búsqueda, la encontré sentada en las escaleras de emergencia de la ultima planta del edificio.
Me senté junto a ella y le pregunté si en algo podía ayudarla. Entonces ella se abalanzó sobre mis hombros y se echó a llorar. Entre sollozos me decía:
-Eres tan considerado… , yo no soy una buena persona… ,no merezco tu ayuda…
-No digas tonterías, ya te he dicho que te ayudaré en lo que pueda, no creo que seas una mala persona, aunque tengo que reconocer que tu novio me irrita como nadie.
-Precisamente él es el problema, últimamente está muy cambiado y bueno, siempre está de mal humor, gritando y…, pero hoy… hoy me ha… hoy me ha pegado.
Me quedé perplejo, lo que Laura me estaba contando era muy grave. Entonces me di cuenta de que ella estaba sangrando; hasta entonces no lo había apreciado porque llevaba puesta una gruesa chaqueta.
Le sujeté el antebrazo con sumo cuidado y le subí la manga de la chaqueta, pude apreciar u profundo corte, sin duda ocasionado por un arma blanca. Posiblemente cuando intentaba defenderse del brutal ataque de de su novio.
-Tienes que denunciarlo a la policía, ¿tú eres consciente de lo grave que es esto?-dije yo algo exasperado.
-No puedo hacer eso, ¿tú sabes lo que me haría si llegase a traicionarlo de ese modo?
-Estas completamente loca, ¿cómo puedes intentar protegerlo después de lo que te ha hecho?…
-Déjalo ya. Ha sido un error que te lo contase. Es mejor que me marche.
Acto seguido, Laura se levantó y se disponía a marcharse de nuevo cuando la sujeté para que no lo hiciese. Reflexioné durante unos segundos y dije:
-Esta bien, lo denuncies si no quieres, ya te digo que es un error; pero antes de nada hay que hacer algo con esa herida tan fea que tienes en el antebrazo.
Ella contestó entre lágrimas:
-Está bien.
-Muy bien, entonces acompáñame a mi casa, allí tengo algunas cosas que puede que nos sirvan.
-¿A tú casa?-dijo algo sorprendida.
-Sí, a mi casa. No te preocupes, está a unos cincuenta metros de aquí.
Laura dudaba, estaba claro que no confiaba en mí, hecho totalmente comprensible, pero si íbamos al médico nos harían preguntas y al final concluirían por abrir una investigación. Por mí hubiese sido perfecto, pero ella no quería que se supiese nada de lo ocurrido, así que me limité a aceptar su condición. Desde que había muerto mi padre, hacía ya dos meses, había dedicado mi tiempo a leer libros de medicina, los que buenamente podía encontrar en la biblioteca pública.
La muerte de mi padre había sido un duro golpe para mí; aún no había asimilado su muerte, de hecho en muchas ocasiones sentía como si siguiese vivo, como si estuviese junto a mí.
Leyendo los libros de medicina por mi cuenta, había aprendido bastante, sobre todo, conocimientos relacionados con anatomía y primeros auxilios. Tenía una idea más o menos clara de lo que haría para cubrir un poco la herida de Laura. Cuando llegamos a mi casa, le pedí que me esperase un momento en mi habitación, mientras yo traía el botiquín.
Después, mientras le desinfectaba la herida, se me ocurrió preguntarle si la navaja estaba oxidada, a lo que me respondió que no.
Una vez limpia la herida, no parecía tan grande, de hecho era muy pequeña, de unos 5 cm aprox. Para concluir le puse un cicatrizante líquido y posteriormente una venda, que le aconsejé que cambiase a menudo, hasta que cicatrizase la herida.
De vuelta al instituto le pregunté:
-
Y, ¿cómo pretendes que te ayude exactamente?
-
Sólo deseo que estés junto a mí, sé que si estás a mi lado Tony no se atreverá a tocarme, eso espero.
-
Está bien. – acepté, aunque no demasiado convencido.
Después de algunos instantes de silencio ella me dijo:
-
Ángel, siento mucho lo de tu padre.
-
Gracias.
-
¿Estabas muy unido a él?
-
Sí, pero fue mejor así, fue mejor que muriera.
-
¿Por qué dices eso?
-
Él sufría mucho, me alegro de que acabase todo, ahora lo peor es para los que aún vivimos; no creo que nada vuelva a ser igual.
-
Comprendo lo que quieres decir.
-
¿Cómo es posible?
-
Yo sentí lo mismo cuando mis padres murieron.
-
¿Eres huérfana?
-
Sí, lo soy.
-
Lo siento, no sabía nada –dije evidentemente sorprendido ante aquel descubrimiento.
-
Es normal, fue hace mucho tiempo, cuando yo aún tenía 5 años, un conductor borracho invadió nuestro carril y nos expulsó de la carretera. Sólo sobreviví yo.
Me sorprendió mucho la naturalidad con la que Laura me revelaba aquella espantosa historia. No hablé más en toda la mañana, aunque Laura me siguió a todas partes; insólitamente, no me irritaba su presencia, incluso me encontraba cómodo estando junto a ella. Desde la muerte de mi padre me había distanciado del mundo y me molestaba cualquier tipo de contacto que pudiese tener con otra persona, quería estar solo, yo era un solitario.
La semana transcurrió de esta manera, tranquila para mí, sin complicaciones. Lo que Laura había dicho era cierto, desde que pasábamos el día entero juntos, su novio y su pandilla no se acercaban a nosotros. Las vacaciones navideñas fueron igual de tranquilas, pero poco a poco entre Laura y yo comenzó a forjarse, casi sin darnos cuenta, una relación especial. Ella y yo pasábamos los días enteros hablando y contándonos secretos y vivencias que afianzaban aún más los lazos que nos unían.
En una ocasión, nos encontrábamos paseando por el bosque. Nos gustaba mucho pasear por allí, porque en este lugar se podía respirar un aire puro y su extremada quietud transmitía un sentimiento de tranquilidad que apaciguaba nuestros jóvenes corazones.
Aquella tarde era especialmente hermosa, estaba atardeciendo y el sol anaranjado comenzaba a caer en el cielo. Yo me había adelantado un poco, porque me pareció ver una ardilla en el camino; desde que tengo memoria recuerdo haber adorado las ardillas. Cuando eché la vista atrás para comprobar que Laura me seguía, ésta tropezó; afortunadamente yo estaba lo suficientemente cerca como para sujetarla. Laura cayó sobre mí pesadamente, lo que me hizo tambalear. Caímos los dos al suelo, ella sobre mí. El roce de su cálido cuerpo sobre el mío me hizo estremecer. Me fijé en su rostro, era muy hermosa; quise besarla, pero no lo hice, me quedé inmóvil, esperando que ella se levantase. Entonces fue ella quien lo hizo, acercó sus labios contra los míos y nos fundimos en un prolongado y tierno beso. En ese momento me sentía la persona más feliz del mundo, había olvidado todas mis preocupaciones y no acudía a mi cabeza ninguna razón que pudiese truncar aquel hermoso momento.
Aquella fue la primera y la última vez que besé a Laura. Sin ningún motivo aparente, a partir de aquel día comenzamos a distanciarnos. Siempre que me acercaba a ella, esta encontraba alguna excusa para evadirme y alejarse de mí.
Muchas noches he pasado en vela, meditando, pensando, en cuál sería el motivo, la razón de que, habiendo transcurrido un mes justo de haber vivido aquella idílica tarde en el bosque, Laura hubiese decidido acabar con su existencia.